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    1 de agosto de 2014

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Por qué las nuevas generaciones necesitan que hablemos del SIDA

P a t r o c i n a d o r

por John-Manuel Andriote     Compartir


El SIDA nos hace iguales a todos

P a t r o c i n a d o r


 

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2/21/2012.-Ya van tres décadas desde la aparición del SIDA y es alarmante ver el grado al cual se redujo la memoria de aquellos que parecen haber olvidado la experiencia de la devastación que generó esta plaga en la comunidad gay. Acostumbrados ahora a pensar en la “cara” del SIDA a través de los empobrecidos niños y mujeres negros de los países pobres de África, incluso los jóvenes mejores educados parecen no ser conscientes del impacto de la epidemia en su propio país, la cual se desató en la década en la que muchos de ellos nacieron.

“El hecho de eliminarle el estigma gay a la enfermedad realmente funcionó para nosotros”, aseguró el autor y profesor de la Universidad de Dartmouth, Michael Bronski. “Para bien o para mal, hicimos nuestro trabajo”. A modo de evidencia, Bronski describió una clase suya sobre el SIDA, llamada “Plagas y Políticas”. Al parecer, sus alumnos no entendían por qué se refería al SIDA como una “epidemia gay”. Incluso, una estudiante lesbiana le dijo: “Me pareció raro que usaras tanto la palabra ‘gay’”. Ella creía que el SIDA “estaba relacionado con África y los usuarios de drogas de los barrios pobres, pero mayormente con África.”

A los hombres gays jóvenes se les puede perdonar no saber acerca de las recientes tribulaciones de su comunidad. Después de todo, no vivieron durante esa época pesadillezca. Al comienzo del milenio, el New York Times remarcó que una generación de hombres gays jóvenes ya se habían convertido en adultos sin haber experimentado el sufrimiento y la muerte de sus pares ni los horribles efectos del HIV antes de que la terapia con drogas antirretrovirales generara un dramático cambio en las vidas de aquellos que viven con el virus.

Los hombres gays de entre 40 y 50 años, muchos de ellos habiendo perdido amantes y amigos y probablemente viviendo ellos mismos con el HIV, parecieran preferir dialogar sobre tópicos más agradables que hablar de los horrores que han experimentado. Eso es entendible, hasta cierto punto. Al igual que con los veteranos de guerra, el dolor y el shock que debieron tolerar nuestros guerreros heridos hace que muchos de nosotros nos llamemos al silencio.

Por desgracia, nuestro silencio significa que nuestros hermanos más jóvenes tienen menos posibilidades de aprender acerca de la lucha, el coraje y la creatividad con las cuales nuestra gente enfrento la lucha por sus vidas, por nuestras vidas. “Los hombres gays de entre 40 y 50 años no quieren hablar del SIDA”, aseguró el activista y ex director de la National Gay and Lesbian Task Force, Urvashi Vaid. “Todos los hombres gays de esa edad sufrimos del síndrome de stress post-traumático”, se lamentó Vaid.

Sin embargo, nuestro silencio significa que las organizaciones que creamos para nuestros amigos y vecinos enfermos se encuentran con dificultades para recaudar fondos mientras continúan brindando su servicio a aquellos que viven con el HIV. En Miami, el director de la organización CARE Resource, Rick Siclari, aseguró que “los hombres gays de raza blanca no están donando mucho dinero hoy en día”. Ahora, la agencia espera que sus nuevos clientes, muchos de ellos afroamericanos y latinos, participen en eventos de recaudación de fondos brindándoles la posibilidad de realizar donaciones por montos menores, de entre 5 y 10 dólares.

Es como si no hubiésemos aprendido una de las lecciones más importantes que nosotros mismos intentamos enseñarle al mundo: “Silencio = Muerte”. Parece ser que el silencio es inexcusable cuando miles de hombres gays y bisexuales de todas las razas continúan cargando con el extenuante peso de la epidemia del SIDA.

"Nuestro silencio significa que nuestros hermanos más jóvenes tienen menos posibilidades de aprender".

Treinta años desde que los hombres gays comenzaron a morir a causa del SIDA, un tratamiento efectivo pero tóxico y costoso ha convertido al virus que causa la infección en una condición más crónica y manejable de lo que jamás ha sido. Aliviados luego de años de enfermedad, muerte y la amenaza de infección colgando sobre sus cabezas, muchos hombres gays de clase media con acceso a medicina privada (incluyendo a aquellos que viven con el HIV) siguieron adelante con sus vidas. Los activistas se encuentran realmente esperanzados respecto al descubrimiento de la cura del SIDA. Pero una cura será un beneficio limitado cuando la mitad de aquellos infectados con el virus ni siquiera saben que lo tienen. Incluso en San Francisco, el epicentro del SIDA en la población gay de los Estados Unidos, la mayoría de las personas cuyo test de HIV dio positivo no sabían que estaba infectadas porque no tenían síntomas.

Al entrar en la cuarta década en la historia del SIDA, el desafío sigue siendo transmutar nuestras pérdidas y victorias en los peores años de la epidemia en una historia inspiradora de amor en acción. Como siempre, dependerá de cada uno de nosotros sacar la fuerza necesaria de nuestra resistencia individual y colectiva. Aquellas generaciones con la suficiente edad y experiencia pueden ayudar a enseñar a las generaciones más jóvenes, compartiendo sus historias de corajudos hombres y mujeres que se rehusaron a darse por vencidos. En estas historias yace el heroico legado de nuestra comunidad, además de nuestra esperanza y nuestro futuro.

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